Soltar el yo
La Vida sucede. La vemos, somos concientes de Ella. Pero también vienen pensamientos. Como si fueran fuertes ráfagas de impulsos, oleadas de deseos que se apoderan de nosotros por un tiempo, hasta que nos dejan cansados, luego de que el deseo se cumpla o se acabe...
La Vida es tranquila, pacífica cuando no hay deseos y la mente o, mejor dicho, el Yo no es otra cosa que un cúmulo de deseos y aversiones. ¿Qué profundidad hay en el deseo de ser reconocido o validado? Por ejemplo...
La profundidad no está en el Yo. El Yo siempre es infantil. Se parece más a un niño caprichoso que a un iluminador de la Vida. La verdadera iluminación proviene de la ausencia del Yo.
Porque cuando dejamos de enfocarnos en nuestro pequeño Yo, la conciencia naturalmente vuelve a la totalidad, volvemos a ser concientes de la Vida plena, mucho más allá de nuestros patéticos deseos personales. La conciencia abierta de la Vida deja mudo a nuestro Yo. Es tal la amplitud, tan infimatemente grande el espacio que ya no es posible escuchar los deseos. Son insignificantes.
Todo es más fácil cuando suelto el Yo. Es más fácil conectar con los demás, es más fácil disfrutar de un atardecer o de estar tirado en la cama mirando el techo.
El Yo tiene que morir. Todo está afuera!
No hay interior.